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          Carta de Jesús Blázquez García.
          Sant Cugat del Vallés, 22 de Febrero de 2008


          Muy estimado Ángel:

         Acabo de leer tu libro, por eso me atrevo a manifestar mi estima en el saludo inicial de estas líneas. Sin conocerte personalmente, ya te conozco un poco más; pues a medida que me iba introduciendo en el interesante mundo que has conseguido crear, los personajes de tu novela me han ido contando cosas de ti.

         La estructura de la obra con esas dos historias paralelas de épocas tan diferente, unidas por el miedo a un mundo fantasmal que se escapa a todo control racional, me parece sencillamente genial.

         Desde el principio me identifiqué con El Capitán de la Guardia de Madrid, alguien tenía que luchar contra la injusticia en un mundo tan injusto; pero una vez más me dejé llevar por la lógica del bien y el mal, como en las películas de mi infancia donde siempre ganaba el bueno. Reconozco que en las páginas 210 y 211, con cierta tristeza consideré la realidad de la película de la vida en la que, demasiadas veces, ganan los malos.

         Con Álvaro lo he pasado bastante mal. Un perdedor que por las noches vive una angustiosa experiencia fantasmal y durante el día alarga la angustia en sus sueños. Al final se produce, un duelo de titanes entre el amor y el miedo. El amor de Rosa que podría haber vencido al miedo; pero creo que llegó un poco tarde en auxilio de alguien que ya estaba bajo los efectos irreversibles de tan luctuoso compañero Por vez primera podría haber encaminado su vida hacia un futuro de horizontes luminosos; pero, una vez más, el poder lúgubre del miedo paralizó su vida.

         Me gusta la definición de miedo que haces en la página 213: “El miedo es un sordo palpitar, nuestro compañero de viaje de noche y día, algo tan necesario como el oxígeno o el agua. Se puede morir de miedo, pero no vivir sin él. Morir es dejar de tener miedo”.

         También me ha impactado sobremanera, con qué realismo cuenta Álvaro a Eva su experiencia de desamor cuando dice en la página 152: “Te despiertas un buen día y observas abatido que lo único que resta por compartir es el silencio, a uno de los dos se le acabó el amor y el otro no lo entiende porque a él todavía le queda” (Hace algún tiempo escribí unas pequeñas reflexiones que, precisamente, titulé “Silencio” y sintoniza perfectamente con el espíritu de esta frase).

 
     
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