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          Carta de Esther sobre "Tiempo de cerezas".

          Cuando adquirí tu libro "Tiempo de cerezas", pregunté a una compañera que ya lo tenía: Has leído la novela de Ángel, me contestó que no, que lo tenía en lista de espera. Pensé que en mi mesilla de noche me estaba esperando “El fuego” libro que me habían traído los Reyes Magos (sí, he sido buena) y cuya lectura devoraba sólo ese ratito antes de dormirme, después de acostar a los peques, corregir exámenes, pasar notas…. El libro en cuestión es la segunda parte de “El ocho” y como me había gustado mucho el primero intuí que me llevaría poco tiempo leer el segundo.

          Tiempo de cerezas… en tu dedicatoria me deseaste que en mi vida siempre fuese tiempo de cerezas…. la cosa prometía. Así pues empecé a leer tu libro…

          Me metí en la historia como el que se tira de cabeza a la piscina y me partía de risa intentando descifrar esas palabras en el dialecto castúo de las Hurdes. Pero la risa se fue apagando. Sentí el frío interior de la estepa rusa en la mano que sujetaba el libro y mis primeras lágrimas asomaron ante la impotencia de Joaquín al no poder ayudar a su amigo Pedro (¡Esos estúpidos alemanes!). Luego vino la escena de Joaquín dando la terrible noticia a María, ¡ahí sí que lloré! pensaba en mi madre viuda con sus “dos muchachinos” sin parar de trabajar allá por el año 1972.

          Pero entre las páginas del libro me esperaba lo mejor, el regreso de Pedro, su encuentro con Joaquín, explicaciones a sus hijos y sobre todo, la vuelta a Cabezuela del Valle. Confieso que nunca he estado en Extremadura pero juraría que podía oler las cerezas del Valle del Jerte y ¡cuánto me apetecía comerme una de esas cerezas!.

          Algo malo se aproximaba, no podía ser verdad tanta dicha, y así fue. Joaquín enfermo, con sus alifafes, tan delgado y otra vez el frío, el frío del alma que es el peor. Al igual que Joaquín recé a la Virgen del Pilar para que hiciera algo, pero nada, otra vez a llorar. Llorar leyendo un libro es una experiencia fantástica, hay quien se va a un S.P.A. otros se tiran en paracaídas, incluso pasan un “finde” en un convento meditando… Yo no lo cambio.

          Agradecida.
          Esther

 
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